jueves, 21 de junio de 2012

EL REY EN LA FRONTERA OLVIDADA; POR RAFAEL SÁNCHEZ SAUS.


Diario de Cádiz

ENVÍO

El Rey en la frontera olvidada

RAFAEL SANCHEZ SAUS | ACTUALIZADO 21.06.2012 - 01:00
Share
LA frontera olvidada. Así llaman los historiadores de los siglos XVI a XVIII a Gibraltar y sus amplios márgenes marítimos, a ambos lados del Estrecho. Frontera olvidada, de tierras mal pobladas y costas sometidas al continuo merodeo de piratas. Nudo gordiano de todas las rutas que hacían posible un Imperio que se imaginaba universal y, sin embargo, rincón abandonado casi a su suerte, último eslabón en la infinita cadena de compromisos de una Monarquía que abarcaba más que apretaba, esclava de lo que el conde-duque de Olivares llamaba la "reputación". Luego, ya se sabe, Inglaterra se aferró al Peñón con toda la tenacidad y la firmeza que a nosotros nos falta. La llave y el mundo cambiaron de dueño. Hasta hoy. 

Don Juan Carlos ha estado unas horas en Algeciras para dar aliento a quienes una y otra vez deben dar la cara para que otros puedan seguir con las manos en los bolsillos, a menudo bien repletos. La Guardia Civil es el mejor testigo de la errática, confusa y cobarde política seguida con Gibraltar en los últimos treinta años. Hoy se la obliga a medirse con la Royal Navy como ayer se la invitaba a ser complaciente, a hacer la vista gorda ante el enorme tinglado criminal que se refugia bajo el glorioso pabellón británico. No ha habido autoridad local, comarcal, autonómica o nacional que no haya especulado con las ventajas de la connivencia, que no haya intentado jugar su bastarda diplomacia. Y de ahí, hacia abajo: empresarios, traficantes, evasores de impuestos, logreros, turistillas, empleaduchos… ¿Quién puede lanzar la primera piedra? Nadie, en una sociedad, la andaluza, que convive en armonía sólo rota por eventuales desplantes con la infamia de albergar en su suelo la última colonia de Europa. Nadie, en una nación que ve las cosas de Gibraltar con más distancia e indiferencia que si sucedieran en las Malvinas, aquel problema "distinto y distante" del ínclito Calvo Sotelo, don Leopoldo, que Dios perdone. 

Ha venido el Rey a Algeciras unas horas. Se agradece. No ha seguido hacia Ceuta, como hiciera su antepasado Enrique IV, hace más de 550 años, con el noble propósito de montear leones. Tampoco se ha decidido a plantarse ante los muros de Gibraltar dispuesto a todo, como el gran Alfonso XI en 1350, hasta que la Peste Negra le arrancó el propósito y la vida. Don Juan Carlos ha venido a Algeciras para hacerse una foto con el Peñón al fondo. 

Bien mirado, ¿qué más da? Los problemas de Gibraltar donde hay que empezar a arreglarlos es en Madrid. Si es que alguien cree que hay algo que arreglar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario