lunes, 28 de marzo de 2016

MENSAJE DE FELICITACIÓN DE MONS. D. RAFAEL ZORNOZA POR PASCUA 2016.

Obispado de Cádiz y Ceuta



Queridos fieles cristianos de la Diócesis de Cádiz y Ceuta,
Queridos sacerdotes, diáconos, religiosos y consagrados,
Queridos laicos de las asociaciones, movimientos y cofradías,
Queridos amigos ¡Feliz Pascua!

La alegría del Resucitado, nuestro Evangelio

Me dirijo a vosotros con gran alegría para desearos la felicidad de Cristo Resucitado cuando aún resuenan los aleluyas de la resurrección que anuncian esta gran fiesta que es el Domingo de la Resurrección del Señor, cuya celebración se prolonga cincuenta días hasta Pentecostés, y que nos invita a vivir la originalidad radical del cristianismo, a experimentar hasta que punto “los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá”, como dice San Pablo (Rm 8,18). Esta es la razón por la que Cristo y su Evangelio son una “Buena Noticia” que nos alegra, pues nos cambia la vida, y nos hace mensajeros de una alegría que el mundo no puede experimentar. Toda la Pascua es como un solo día, como una gran luz que nos anuncia que Jesucristo, venido del cielo al universo de los hombres, ha entrado en las tinieblas de este mundo y las tinieblas se volvieron luz. El nos dice: “He resucitado y ahora estoy siempre contigo”, “mi mano te sostiene”. Su resurrección es un hecho único en la historia y, al tiempo, un misterio de fe; es un misterio de vida y gozo para quienes en el bautismo han muerto y resucitado con El.

Esta es nuestra fe, la fe de la Iglesia

La Iglesia exulta en toda la tierra y proclama un Aleluya sonoro que abarca el orbe entero. Es la expresión del gozo desbordante que nace de la fe, del encuentro vivo con el resucitado, de la experiencia de haberle encontrado vivo y activo. Confesemos nuestra fe con las palabras del Símbolo niceno-constantinopolitano: “Resucitó al tercer día, según las Escrituras”; o, con las palabras del Símbolo de los Apóstoles: “Al tercer día resucitó de entre los muertos”.
La resurrección, aun siendo un evento determinable en el espacio y en el tiempo, transciende y supera la historia.  La certeza de la resurrección de Jesús ha hecho de nosotros hombres nuevos, como sucedió con los apóstoles y con las santas mujeres. No sólo se afianzó en ellos la fe en Cristo, sino que se transformaron sus vidas y quedaron preparados para dar testimonio de la verdad sobre su resurrección y sobre nuestra redención. También nosotros nos alegramos y gozamos con la Gloria y el gozo de Cristo Nuestro Señor resucitado y triunfante.
La fe cristiana y la predicación de la Iglesia tienen su fundamento en la resurrección de Cristo, que es la confirmación definitiva y la plenitud de la revelación, y al mismo tiempo es la fuente del poder del evangelio que nos salva y de la Iglesia. Ella nos aporta la presencia confortadora de Cristo glorioso, el gozo de la gracia, la esperanza y la posesión ya incoada en nosotros de la vida eterna. Se trata de una alegría más sólida que sensible y fruitiva, como lo es la paz que ofrece Jesús: “Mi paz… no es una paz como la que da el mundo” (Jn 14, 27). Algo tan sublime debemos implorarlo como verdadero don.

Vivamos la vida nueva

Jesucristo, por su muerte, nos ha liberado del pecado y nos abre el acceso a la vida nueva, pues se ha revelado como “Hijo de Dios con poder, según el espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos” (Rom 1, 4), y transmite a los hombres esta santidad porque “fue entregado por nuestros pecados y fue resucitado para nuestra justificación” (Rom 4, 25). Busquemos por todos los medios esta nueva vida que brota del bautismo, y, como resucitados con Cristo, anhelemos “los bienes de arriba”.

Pidamos al Resucitado que crezca nuestra fraternidad

La participación en esta vida nueva hace también que los hombres sean “hermanos” de Cristo, como el mismo Jesús llama a sus discípulos después de la resurrección: “Id a anunciar a mis hermanos...” (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza sino por don de gracia, pues esa filiación adoptiva nos da una verdadera y real participación en la vida del Hijo unigénito, tal como se reveló plenamente en su resurrección. Que esta fraternidad sea nuestro distintivo y que brille, ante nuestro mundo fragmentado y desunido, la presencia viva del resucitado que nos hermana en la comunidad de discípulos. Que la unidad sea el reflejo de esta nueva vida con el resucitado que anhela el corazón, y que se expresa mejor en la caridad fraterna y en la comunicación cristiana de bienes.

Reavivemos nuestra esperanza

La resurrección del Señor es el fundamento, el manantial y la certeza de nuestra futura resurrección.  “Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros” (Rom 8, 11). Es un proceso misterioso de revitalización que alcanzará también a los cuerpos en el momento de la resurrección por el poder de ese mismo Espíritu Santo que obró la resurrección de Cristo. Que la esperanza sobrenatural sea el distintivo de nuestro ejemplo, y que la paz para afrontar las dificultades sea el consuelo para los tristes, enfermos, ancianos y cuantos viven en soledad o han perdido el sentido de la vida.

Vivamos la gracia de ser hijos de Dios

En espera de esa transcendente plenitud final, Cristo resucitado vive en los corazones de sus discípulos y seguidores como fuente de santificación por el Espíritu Santo, fuente de la vida divina y de la filiación, fuente de la futura resurrección. Esa certeza le hace decir a San Pablo en la Carta a los Gálatas: “Con Cristo estoy crucificado; y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2, 20). Como el Apóstol, también cada cristiano, aunque vive todavía en la carne (Cfr. Rom 7, 5), vive una vida ya espiritualizada con la fe (Cfr. 2 Cor 10, 3), porque el Cristo vivo, el Cristo resucitado se ha convertido en el sujeto de todas sus acciones: Cristo vive en mí (Cfr. Rom 8, 2. 10)11;. Flp 1, 21; Col 3, 3). He aquí la vida en el Espíritu Santo que hemos de desear y pedir para ser en todo profundamente cristianos.

El Señor nos fortalece en las pruebas

La certeza que sostiene al Apóstol, debe sostener a cada cristiano en los trabajos y los sufrimientos de esta vida, tal como aconsejaba Pablo al discípulo Timoteo: “Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David, según mi Evangelio... Por eso todo lo soporto por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación que está en Cristo Jesús con la gloria eterna. Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con El, también viviremos con El; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con El; si le negamos, también El nos negará; si somos fieles, El permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo...” (2 Tim 2, 8-13).
La presencia de Cristo Vivo debe vivificar completamente nuestra vida, nuestro trabajo, la vida familiar y nuestro empeño por construir una sociedad más justa y fraterna. Esta certeza se convierte en seguridad y fuente de sentido ante la enfermedad, el dolor y el sufrimiento. Esta certeza, por fin, es acicate en la vida moral y en el esfuerzo por ser mejores, con el estilo de quien ha resucitado con Cristo y aspira a vivir una vida nueva (Col 6,1-2).

Los Sacramentos de Cristo

¡Nosotros podemos tocar a Cristo hoy, aquí y ahora! Cada sacramento es, sobre todo, un encuentro personal con Dios. Cuantas veces hemos deseando verle, plantearle nuestras dudas, tenerle cara a cara, tan cerca que incluso podamos tocarle. De hecho, muchas veces hemos envidiado a aquellos que estuvieron al lado de Jesús: los apóstoles, la samaritana, el centurión, todos los que fueron curados por Él, etc. Pues bien, este deseo profundo se hace posible hoy a través de los sacramentos y, de modo especialmente intenso, en la Eucaristía.
Gracias a los sacramentos hoy puedo nacer de nuevo, como Nicodemo; recibir el perdón total y absoluto de todos mis pecados, como María Magdalena; exultar con el gozo del Espíritu derramado en Pentecostés; sanar de mis enfermedades y complejos, como el ciego de nacimiento; y, finalmente, reposar mi cabeza en Cristo, como San Juan, para permanecer con Él al pie de la Cruz y ofrecer mi vida, con la suya, por la salvación de los hombres. En los distintos gestos y oraciones de cada sacramento por la acción del Espíritu Santo, se hace realmente presente Cristo. Cuando decimos que Cristo ha resucitado no lo decimos de manera metafórica sino que afirmamos algo que ya escandalizó a judíos y romanos hace más de veinte siglos, y que el mismo San Pablo defendió con su vida: Cristo está vivo, es una persona viva, con la que puedo relacionarme. En los sacramentos puedo tocarle y, lo más sorprendente aún, Él mismo puede tocarme a mí y transformar mi vida por completo. En los sacramentos Cristo resucitado se me entrega para darme esa vida verdaderamente nueva. Que la nueva vida que brotó del costado abierto de Cristo en la cruz nos haga experimentar su presencia continua que nunca nos abandona.

La misericordia del Señor llena la tierra

Deseo vivamente que estas semanas de Pascua nos lleven a los más necesitados para que conozcan el amor generoso del Señor que sale a su encuentro. Jesús ha entregado su vida y vuelve resucitado para cuantos buscan a Dios sin encontrarle, como sucedió a María Magdalena, y les toma en serio abriendo los ojos de sus corazones. También para los pesimistas derrotados, como los discípulos de Emaús, que pueden sentirse comprendidos y llegar a ser apóstoles. Sigue acercándose para los dominados por el miedo, tan humano, que hoy padecen tantos perseguidos, prófugos, refugiados, y abandonados de los demás. No rechaza a los incrédulos, como Tomás, que buscan razones para salir del absurdo de sus razonamientos o desvalimiento. El intercede por nosotros y sigue buscando a todos los heridos por el pecado, el odio, la miseria o el rechazo de la sociedad. Mira con infinita compasión a cuantos sufren las injusticias y desigualdades, a los marginados y excluidos de la sociedad, a los que viven en las periferias existenciales, que a veces están muy cerca de nosotros. Que con nuestra solicitud pastoral y caritativa y anunciando a todos los necesitados la resurrección del Señor puedan encontrar su presencia y el cálido abrazo de misericordia.


Seamos sus testigos, discípulos misioneros

Hemos vivido, a través de la celebración litúrgica del Triduo Santo, junto a María, nuestra participación en el Misterio Pascual donde hemos puesto los dolores y alegrías de nuestra vida, las de la Iglesia y del mundo, y hemos renovado nuestros compromisos bautismales, para compartir la victoria de Cristo Resucitado en la Eucaristía. Anunciemos ahora la Buena Noticia que ha de resonar durante toda la cincuentena pascual como un himno de victoria: ¡Cristo ha resucitado¡ La muerte y el mal no tienen la última palabra, sino la Verdad y el Bien, Dios mismo. Ahora el Señor nos envía sin fijarse en nuestros defectos: “Como mi Padre me envió, así os envío yo” (Jn 20,21). Alegrémonos de compartir con El esta misión.
Que el Señor os conceda vivir este tiempo de alegría y de fiesta con el corazón lleno de esperanza y así seamos ante cuantos nos conocen, testigos de Cristo resucitado.


+ Rafael, Obispo de Cádiz y Ceuta
Pascua de 2016

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