domingo, 24 de septiembre de 2017

EL PLAN C; POR ENRIQUE GARCÍA-MÁIQUEZ



El 1 de septiembre me preguntaba si el Gobierno tenía un plan B que contemplase la eventualidad de un triunfo independentista. ¿No pensará nadie que, entonces, a este lado del Ebro, todo podría seguir igual? España tendría que llamarse Expaña, pues no lo seguiría siendo sin Cataluña, y habría que reconocer que el régimen del 78 fracasó, como sueña Pablo Iglesias, rotundamente.
Veinticuatro días después tengo muchas dudas de que exista ese plan B e incluso de que haya un plan A. Para mí que el único plan que tiene el Gobierno es el enésimo plan Renove del Estatuto Catalán.
De la existencia de un plan C desespero ya del todo. Y sería bueno. Consistiría en coger la fuerza del contrincante, como un judoka, y utilizarla a nuestro favor. En el mismo momento en que la demagogia hueca del derecho a decidir y de las urnas a tutiplén se acabase imponiendo, España diría: "Bueno, venga, vale…", y reconocería el derecho de autodeterminación por comarcas, pueblos, barrios y calles. Incluso la retórica más ridícula es invencible si se usa contra el que la defiende.
Si el marco de la soberanía que marca la historia y la ley, que es España, puede trocearse a gusto de los nacionalistas, ¿por qué no va a poder fragmentarse el neomarco de la postsoberanía catalana? ¿Cataluña sí es una unidad indivisible, por encima de las leyes y de la democracia, o qué? En El Napoleón de Notting Hill, Chesterton nos contó la historia de un barrio que decide declararse soberano con sus banderas, sus himnos y toda la pesca. Yo repartiría esa novela por el Valle de Arán y por el barrio de Pedralbes y por Tarragona y por Lérida y por todas partes.
No se trataría sólo de socavar al independentismo con sus propias falacias. Ellos quieren convertir la soberanía española en una fondee de queso y nosotros podríamos ofrecerles un queso gruyere. Ellos quieren hacer de su capa un sayo y nosotros podríamos darles un traje de faralaes lleno de lunares. Hay, además, fundamentos estéticos: si las raíces del soberanismo son vergonzantemente feudales, hay que presentarse con orgullosos condados y señoríos güelfos de todos los colores. Pero sobre todo hay un fundamento moral: España no tendría que dejar que ningún centímetro cuadrado de su territorio habitado por ciudadanos españoles orgullosos de serlo fuese abandonado a su suerte. Si hay que pasar por los horcas caudinas del derecho a decidir, se pasa, pero bien.

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